¿Cuántas viernes y cuántos martes nos vimos allí? Un oasis en medio de un
árido desierto que parecía no tener fin.
Recuerdo nuestra primera vez. Trajiste tu carpeta, una carpeta muy especial
que, si no mal recuerdo, contenía una foto tuya y otra de tu papá, así como una
pequeña composición que hicisteis juntos cuando rondabas los 5 años y que no sonaba
nada mal.
Recuerdo además que desde ese día nunca hemos dejado de cantar. Recuerdo
que ahí empezó todo, nuestra primera temporada sin solución de continuidad.
Como el primer episodio piloto de una gran aventura y de una gran verdad: la
relación más importante de mi vida, nunca antes contada ni vista jamás.
Fuera Gounod, fuera Jerusalem, fuera Mozart o fuera Cesar Franck, lo cierto
es que se convirtieron en nuestros grandes caballos de batalla, que incluso a
día de hoy nos acompañan y que a mí particularmente me elevan y me hacen sentir
esa sensación única de profunda inmensidad. Momentos en los que nuestras vidas
se convirtieron en una sola melodía y en un solo cantar.
Por eso y como ya sabrás, a veces me imagino de mayor, con los achaques típicos
de la edad, pero siempre sentado en un piano oyéndote cantar. Porque ese día
que no emanen sonidos de mis manos, ni de tu voz ese dulce sonar, pocas cosas importarán.