Esperamos temprano en una calle. Quince minutos, media hora… ¿pasará o no
pasará? ¿Era aquí o más allá?
Los nervios, la desesperación y la desidia se empiezan a apoderar de
nosotros.
De repente y sin saber muy bien cómo, aparece el hombre más despreciable de
todos cuantos haya yo tratado, y que además nos lleva a un autobús que nos hará
pasar uno de los viajes más infames en los que yo jamás haya estado. Lo recordaré
como el viaje más eterno de todos cuantos haya realizado.
Después de esperar y esperar, después de recoger más y más gente, y después
de escuchar explicaciones nada comprensibles ni agradables en inglés, llegamos
a Belén.
Recogemos a una pobre mujer, que hablaba español más o menos como podía, y
con una pronunciación que, si bien se comprendía, utilizaba un léxico y unas
frases inconexas, con lo cual el mensaje no se entendía.
Vemos la gruta de los pastores, seguida de una horrenda estación de
autobuses, seguida de la iglesia de la natividad, con la puerta de la humildad,
una entrada creada por los cruzados para que nadie con claustrofobia pudiera penetrar.
Entro y me agobio, así que decido salir. Ahí al menos no siento que pierda
mi tiempo haciendo fila para ver una estrella de 14 puntas en la que
supuestamente te dicen que el mesías nació.
Pero preparémonos… ¡porque empezamos con las tiendas! Momento en el cual empiezo
a hacerme una idea de cuál es el verdadero propósito de este señor.
La señora que al menos había sido amable, se despide y a partir de ese
momento ni una palabra de español.
¡Y llegamos a Jericó! Ah no, espera… Realmente no es la ciudad, parece un
casino, o lo que hace 20 años hubiera sido un centro comercial, pero se quedó tal
cual. Bienvenidos a Jericó, esa es la placa más emblemática que podemos
fotografiar.
Los comerciantes de allí, al igual que los que les precedieron y luego les
siguieron, ya estaban avisados de que llegábamos. No podía creerlo, pero
claramente eso estaba ya más que pactado.
Tiendas y más tiendas, ahí lo único importante era que el extranjero comprara
sin parar, hasta desplumarlo sin más.
Pasamos por lo que dicen que es un yacimiento antiquísimo donde no se ve
realmente nada, ni hay un cartel explicativo, ni nada significativo.
Nos dicen que enfrente está el monte de la tentación, que hay un teleférico
que sube, pero… Ya está cerrado. ¡Qué casualidad!
Continuamos y parece que vamos a entrar en la ciudad. Pero no nos
ilusionemos, se trata de simplemente de un árbol que nos lo venden como el
sicómoro al que se subió Zaqueo. Damos media vuelta y no vemos mucho más.
Pero no termina ahí la cosa. Nos acercamos al monte de la tentación, pero
para terminar de estafarnos en las últimas tiendas.
Por si no habíamos comprado ya suficiente o alguien se había quedado con
algo de dinero en los bolsillos, ahí estamos.
No existe la palabra para definir lo que sentí en ese viaje. Se quedarían bastante
cortas palabras como desesperación, frustración, rabia o decepción.
Fueron el viaje y las horas pérdidas más infames de toda mi vida. Sin
ningún tipo de miramientos por parte del guía, que no hizo otra cosa que humillarnos
y despreciarnos sin ningún tipo de contemplación.
Ese día fue tal y como lo has descrito, o aún peor porque lo comenzamos con la más grande de las ilusiones y emociones, ¡ibamos a ir a Belén y a Jericó!
ResponderEliminarY, bueno... ir lo que se dice "ir"... finalmente fuimos a ambos sitios, aunque hasta eso costó.
Y así, con el día ya bastante avanzado, nos encontramos en la ciudad más antigua del mundo, que a la vez es la más baja... advierten, que el exceso de presión atmosférica puede provocar dolores de cabeza, pero más que eso, pude sentir sobre mis hombros todo ese peso de toda esa historia y de todas esas masas de aire, kilo por kilo y gramo por gramo.