Separados en el tiempo y sin aparente conexión, cada uno de estos lugares me
ha legado un pedacito de la historia de esta tierra, de su riqueza y de su esplendor.
Todo comienza con Adán, Noé, Sem y los primeros patriarcas: Abraham, Isaac,
Jacob y José.
Y tantos hijos como estrellas tiene el firmamento, Dios le dio, así como un pueblo, una historia y la posibilidad de que todos conociéramos al único Dios.
Jacob luchó con el ángel de Dios, y al ganar, un nuevo le otorgó. Israel, un
nombre que algún día todos conocerían.
Sus doce hijos conformaron 12 tribus que algún día se convertirían en 12 territorios,
de los cuales gran importancia adquiriría Judá.
Y emigraron a Egipto para no perecer por la sequía y la escasez de alimento.
Cuando consiguieron salir victoriosos todo el pueblo, ya estaba era conocido su pueblo y su nombre, tal y como lo rememora la estela Merneptah.
Cruzaron el Jordán, conquistaron Jericó, y batalla tras batalla conquistaron la tierra prometida, desde Josué, los jueces y hasta los reyes y el reinado de
Saúl y David, hijo de Isaí de la tribu de Judá.
Y unificó el reino y conquistó la gran ciudad: Jerusalén, la
ciudad de los Jebuseos, y al instante fijó ahí su reino y la convirtió en su
capital.
Y dado que mucha sangre había derramado, fue Salomón su hijo que el primer
templo construyó, aquel que sería recordado por generaciones, hasta el día de
hoy y con dolor.
El reino a su muerte se partió: reino del norte, Israel, con capital en
Samaria; y reino del sur, Judá, con capital en Jerusalén.
Y se sucedieron reyes y batallas. Fueron asediados e invadidos por los Asirios.
Primero fue el turno del norte y en el 586 a. C. el del sur. Y destruyeron el
templo, usurparon y expoliaron todo objeto de valor, matando a cada habitante
sin piedad ni compasión.
Unos 70 años más tarde, regresaron a su tierra por orden de Ciro y los
deseos del pueblo judío de reconstruir su nación. Y reconstruyeron el templo como
pudieron, con elementos mucho más modestos que el anterior.
Llegó Herodes, lo embelleció, mejoró sus muros y lo rodeó de esplendor.
Y en el año 70 d. C. lucharon con valor y resistieron, hasta la última
revuelta que finalmente cayeron. Y testimoniado en el arco de tito, sus
habitantes fueron muertos o sobre la faz de la tierra esparcidos y su tan
preciado templo destruido.
Llegaron los mamelucos, los primeros árabes, que construyeron en el monte
del templo una cúpula y una mezquita que ahí sigue hasta la actualidad.
El imperio otomano con Solyman, reconstruyó las murallas de Jerusalén tal y
como son ahora en realidad.
Y hace dos siglos, empezaron a regresar y a comprar las tierras y las
piedras de lo que en su momento fue su casa, su hogar.
Y no queriendo las naciones en un principio, puede que a raíz de la
vergüenza de la Shoáh, finalmente en 1948 decidieran crear su estado, el Israel
actual.
Pero esta decisión a todo el mundo no le agradó. Al siguiente día siete países
entraron en guerra por destruir al recién creado estado al que consideraron
invasor.
Y como David que venció a Goliat, legítimamente Israel conquistó y ensanchó
una buena parte del territorio que un principio se le asignó.
Teniendo solamente la parte de Jerusalén occidental, en 1967 conquistó la
península del Sinaí, la franja de Gaza, Cisjordania, el Golán y Jerusalén
Oriental.
Y si no lo hubiéramos vivido, resultaría increíble de entender y de
afirmar. Que un pueblo que de su casa fue echado y por la tierra fue esparcido,
consiguiera regresar a su hogar, y en 70 años se convirtiera en una gran
potencia mundial.