Creado para situaciones de confinamiento y no morir por envenenamiento, preservó
las aguas del manantial de Gihón y a todo el pueblo de Sion.
Atravesamos el túnel de Ezequías. El agua congelada y mi garganta a rabiar.
Y aunque no sea la original, alcanzamos la famosa inscripción al final.
Y llegamos a lo que queda de la legendaria piscina de Shiloah, reducida ahora a un par de ruinas y a una piscina
bizantina meramente testimonial. […]
Y dando un pequeño salto temporal, recorremos los túneles del muro occidental.
Ese trocito de lamentos, que formó parte en otro tiempo del segundo templo.
Nos detenemos frente a una maqueta del monte del templo. Algo capta mi
atención y me hace estar más atento: en tonos dorados más puros que el oro,
destaca inconfundible el domo.
Y siento un aura que rodea aquel lugar. Y contemplo los vestigios subterráneos
del muro occidental, pero mi mente está cautiva por otro lugar, por la cúpula
dorada y la roca fundacional.
Y al finalizar este año pienso en ese monte, el monte Moriah. Y pienso en ti, en tu gran poder e inmensidad.
Y deseo que el próximo año pueda estar más cerca, más cerca de ti, más cerca
de aquellos que amo, y si es posible… viajar.
Y escondido en tu regazo y abrazado entre tus brazos, conocerte un poco
más.