Piano de cola, partituras, vestido azul, la clase y tú. Elementos más que
suficientes para inmortalizar uno de los momentos más tiernos de mi existencia desde que te conozco hasta la actualidad.
Barbarina y Abendsegen, con ese sol4 súper bien colocado al final, aunque
luego no quedara igual delante del tribunal. Y realmente es que no hizo falta. Dio igual.
Porque la magia estuvo en esa clase, en ese lugar. Y porque fueron razones
más que suficientes para convencerles de que en ese dúo había algo más que una
mera relación profesional.
No fue un comienzo, tampoco un final, pero sí fue una parada técnica y uno
de los oasis musicales más importantes que recuerdo hasta la fecha actual.
Fue un momento estelar en mi vida, en nuestra vida. Efectivamente, no salí contenta del todo, pero de algún modo sabía que todo había salido bien y que se iba a cumplir ese sueño que estábamos soñando (o, mejor dicho, en el que estábamos trabajando, porque eso no se regala sin esfuerzo ni dedicación). Me regalaste ese momento mágico, me regalaste esas canciones (y tantas más), me regalaste el acceso al conservatorio, me regalaste la música y - lo más precioso - me regalaste a ti mismo para poder disfrutarla juntos. Jamás sabré darte las gracias como se merece por tantas experiencias musicales pasadas, presentes y futuras.
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