Poco puedo recordar, puesto que en aquellos momentos a veces ni te podía
mirar. Creo que llegó un punto en que cualquiera de nuestras miradas era
interpretada como un gesto de complicidad. O puede que sea muy optimista pensar
que a un razonamiento semejante fueran capaces de llegar, pero en cualquier
caso, yo tampoco quería que nuestro halo y nuestra atmósfera, algo tan sagrado
para mí, fuera ensuciada por un contexto tan mezquino, ruin y cargado de
iniquidad.
Recuerdo solamente tu cercanía, tu presencia, y poco más. Puesto que como
si de una gran anestesia me despertara, con todo el dolor que te produce la
fase de letargo en cada gramo de tu alma y de tu piel, así recuerdo yo el
momento de salir de esa puerta, con el sol puesto hace tiempo y el alba amenazando
con aparecer. Sin horas de sueño que nos permitieran dormir, desconectar o esa
tensión creada romper.
En aquellos momentos de tanta tensión, doy gracias a Dios por tu apoyo compañía
que sin duda forjaron de forma determinante nuestra unión.
Aquello fue horrible, sí. Una situacion extrema, de extrema crueldad y angustia. Menos mal que nos teníamos el uno al otro, porque, efectivamente, si bien una mirada ya podría suponer un peligro máximo, nos consolamos con SABER simplemente que el otro estaba ahí.
ResponderEliminar