Hasta el momento y la presente fue mi último viaje contigo. Y aunque al
principio no hubo un entendimiento muy fluido, me alegré mucho de todo lo que al
final aprendimos. Al ocurrir recientemente y en este 2018, los recuerdos están
más frescos y más vivos.
Si tuviera que destacar los dos hechos más significativos, uno sería el
museo EL-DE Haus y el otro, el poder disfrutar de Pedrito. Dos sorpresas que ninguno
de los dos podríamos prever cuando fuimos.
Para el primero, creo que se quedaría corto cualquier intento de
explicación y para el segundo creo que volvería a escucharlo de todo corazón.
Y como ya era costumbre cada vez que se acercaba un viaje, yo tenía que enfermarme.
En este caso fue la tos. ¡Qué angustia por favor! Por la noche sin calefacción mi
cuerpo no soportaba ese frío, como tampoco durante el día y en los sitios cerrados
esa horrible calor.
Y yo, cómo no, yo tenía un humor de perros. Me acechaban una serie de pensamientos nocivos, lo que unido a ese malestar y a esa tos, acentuó mi mal humor.
A eso deberíamos sumarle una gran decepción, que cuando ya empezaba a remontar,
sin previo, apareció. Y esto no nos dejó indiferentes a ninguno de los dos. En
medio de nuestro viaje… ¡Qué rabia y qué decepción!
Tanto la amistad como el amor es una constante inversión. Arriesgamos y
arriesgamos, y a veces al caer nos lastimamos. Y erramos en nuestra
elección y tocamos lo más profundo: la tristeza, el desengaño y la desilusión.
Y lo pienso en perspectiva y aún así me crispa la ira. Porque fue desagradecido, porque no
tuvo tacto, ni tuvo empatía, ni tuvo corazón..
Aún así, tengo que decir que finalmente creo que hubo encuentro y conciliación
entre posicionamientos desde hace tiempo encontrados entre tú y yo. ¿Recuerdas ese
post que salió de una sentada entre metro, tren y estación al abrigo de un precioso
sol?
Antes de ese viaje, solo conocía el puente de los candados y la fachada de la catedral por haberlos visto furtivamente desde un tren que entraba y salía a la estación central.
ResponderEliminarTenía unas ganas locas de verlos y conocerlos más de cerca y casi me pareció un milagro cuando nos vi cruzando ese puente hasta llegar al que era el sitio de una foto chula para nosotros, el del pipí para otros.
El piso estaba apañado, sí, pero un tanto embrujado en cuestiones de calefacción y luz, y no sé si el gato de la entrada tenía que ver con eso. Gracias a ello vivimos uno de los momentos que más me cautivó de ese viaje: cuando desmontamos la puerta del baño, que si mal no recuerdo se nos ocurrió a los dos prácticamente a la vez.
El El-De-Haus, otro momento mítico, sí, y otra sorpresa, jamás me habían dado una visión tan pormenorizada y cercana de los hechos. Pedro, un chico maravilloso con un pasado perturbador debajo de esa apariencia sencilla, chiquitilla y guapa. La catedral, habrá que ir otra vez para poder examinarla más a fondo en un momento que no celebren misa.
Y nosotros, sentados en un avión, tren y tranvía, paseando por las calles de Colonia y descansando en el piso del Christopher, hacemos otro viaje que nos acerca el uno al otro, derriba muros, allana caminos y construye puentes donde antes solo había abismo y oscuridad.
Aprendí mucho en esos 2 días... que no fueron ni dos días, creo. Entendí que por mucho que me esforzara, jamás podré evitar del todo esos enfados tuyos que tanto me duelen, así que haré bien en buscar la manera de sobrellevarlos mejor sin hundirme en la más absoluta desesperación siempre. Por no hablar de todo lo que aprendí y entendí gracias a Mario, que exponerlo aquí excedería los márgenes de este post. Sé que fue un golpe muy duro para ti y para Conchi, vi y sentí tu dolor, pero si algún día quisieras verle algún sentido: a mí me permitió cambiar y remontar.