Desde nuestra terracita o nuestro balcón diviso la calle Yaffa en todo su
esplendor.
Vamos a la cocina. ¿Estará libre algún fogón? ¿Nos habrán quitado leche? ¿Hacemos
pasta, quesadillas o arroz? ¿Nos hablarán inglés o español? ¿Estará el
guapo del pelo largo o algún estirado sin modales ni educación?
Por ahí pasaba gente de todas las nacionalidades y singularidades. Gente afable que te saludaba, gente cretina que ni te miraba y
gente guapa que hasta te gustaba.
Micky… qué cruz de hombre, por favor… aún no entiendo a qué se dedicaba: ¿oficiaba
cenas? ¿era recepcionista? ¿o hacía de extras en un salón?
Sheryl… mira que te cayó gorda al principio, pero en vista de lo que tuvimos,
había que reconocer que era apañada y que a veces hasta se agradecía que te la
encontraras. Relaciones públicas donde las haya, hubiera sido perfecta para
trabajar en la embajada.
Carmen… de lo mejor que pasó por allí. Nos proporcionó momentos de cierta
complicidad como pocos en ese hostal pudimos encontrar. Tenía palabra, era accesible, buena y humilde. [...]
Y paseamos por la calle Yaffa, vemos un piano y nos llama... ¿y si cantamos un rato? Un poco
más y nos animamos. […]
Y desde el balcón del hostal contemplo y veo la gente pasar…
Y siento que es ahí dónde quiero estar.
Puede
que algún día esta sea nuestra ciudad.
El Jerusalem Hostel sin duda fue testigo de momentos muy difíciles en tu vida, en la mía y en la nuestra. En medio de tales tormentos, y a pesar de todas sus dificultades y carencias, siempre nos dio una incuestionable sensación de seguridad, un lugar al que acudir y donde refugiarnos.
ResponderEliminarSiento mucha gratitud hacia su gente, sobre todo los del verano 2017, que con su simple presencia y con alguna palabra o algún gesto me hicieron sentir que no estaba sola.