Altos del Golán, meseta disputada,
aunque para lo que nos habían dicho la cosa parecía calmada.
Y con una confianza desmesurada, sin importarme si nos equivocamos,
conduzco por las carreteras del Golán, y si nos perdemos nos volvemos a encontrar.
Llegamos al museo de Katzrim. Cerrado por desayuno. Nos tenemos que ir. Probemos suerte
con el pueblo antiguo y la sinagoga. Parece que ahí sí.
Y conforme entramos nos teletransportamos a otro
tiempo. Abruma la libertad con la que podemos deambular por el yacimiento. Ni
un alma cuida de ese patrimonio de sus ancestros.
Continuamos y disfrutamos de Banias, el puente romano y el templo del Pan. Nos adentramos en las
profundidades del paraje natural, sus saltos de agua, la madeja y el matorral. Sendero
grandioso, digno de contemplar.
Y pienso que cuando todo es belleza y esplendor, las
palabras enmudan ante la grandeza de tu creación. Todo me resulta singular y
estremecedor.
¡Qué hambre!, ¿no? ¿Dónde se puede comer por aquí? En Mas’ade… y nos indican por donde ir, aunque diría que ya hemos pasado por ahí…
Al principio miramos la carta y no parece caro. Luego vemos que entran platos sin parar, y lo flipamos aún más.
Tampoco deja indiferente la comunidad drusa que está
de manifestación. Sorprende la cantidad de coches que pitan y arman follón.
Y es que pensándolo fríamente, a pocos kilómetros se
encontraba la frontera militarizada, al igual que algún que otro sirio que por el grindr me hablaba...
Poco es lo que puedo decir o añadir sobre los Altos del Golán. Me encantaron, me pareció un regalazo poder estar ahí.
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